Artículo «Territorios que se narran desde dentro: habitar la cultura como derecho»

El pasado miércoles 12 de noviembre se publicó en el Periódico de Aragón un artículo redactado por Saúl Esclarín, presidente de PROCURA, en nombre de la asociación.

La acción cultural en el medio rural no debería ser una heroicidad, pero lo es. No por falta de
talento, ni de ganas, ni de ideas. Lo es porque seguimos pensando que la cultura en los pueblos
es un complemento, una actividad de fin de semana o algo que se programa cuando sobra
presupuesto. No basta con llevar eventos: hay que comprender el territorio, sus ritmos, sus
relaciones, sus anhelos y sus miedos. Implica poner a las personas en el centro, reconociendo
que la cultura es un derecho que construye comunidad y dignifica la vida.

En Aragón, la despoblación, el envejecimiento y la concentración de servicios en las capitales
han generado una brecha que no se tapa con festivales. La cultura no puede seguir siendo una
caja que se abre desde lo urbano para que lo rural mire dentro. Tiene que ser una herramienta
de transformación, de cohesión y de dignificación. Y para eso, hay que empezar por escuchar.

Escuchar a quienes viven allí, a quienes gestionan bienes comunes desde hace generaciones, a
quienes saben que la cultura no solo se mide en likes ni en entradas vendidas. Escuchar a los
jóvenes, a los migrantes, a los nuevos residentes que llegan con mochilas llenas de saberes y que
muchas veces se encuentran con las puertas cerradas. Escuchar a las mujeres, que sostienen la
vida y la cultura. Por eso, uno de los grandes retos es preservar las prácticas comunitarias y
defender los bienes comunes ya que estas formas de organización permiten el acceso igualitario
a recursos compartidos, y la cultura lo es.

Pero también urge dejar de confundir profesionalización con elitismo. En lo rural hay agentes
culturales que trabajan con rigor, con pasión y con precariedad. Y sí, merecen cobrar. Porque la
cultura no se paga con aplausos ni con bocadillos. La cultura necesita recursos, humanos y
materiales, y sobre todo necesita voluntad política. Y claro, eso exige que quienes mandan
entiendan que la cultura no es turismo ni marca de ciudad (o de pueblo).

Y hablando de turismo: sí, el turismo puede ser una oportunidad, pero no a cualquier precio.
Cuando los pueblos se convierten en escaparates, cuando los precios de las viviendasse disparan
y las terrazas ocupan más espacio que las plazas públicas, algo falla. La cultura no puede ser el
envoltorio de un modelo extractivista que vacía lo rural mientras lo vende como experiencia.

La acción cultural en el medio rural exige tiempo, escucha, respeto y complicidad. Construir
desde quienes habitan el territorio es clave para imaginar futuros mejores. Agitar conciencias,
construir relatos y movilizarse en defensa de nuestros entornos es urgente. No se puede hacer
desde arriba ni desde fuera. Se hace desde dentro, con las personas, con sus ritmos, con sus
historias. Y sí, cuesta. Pero lo que cuesta, vale. Porque la cultura no es un lujo, ni un adorno, ni
una ocurrencia. Es un derecho. Y en lo rural, también.

Las áreas no urbanas ofrecen enormes desafíos, pero los agentes culturales, sociales y políticos
tenemos la obligación de soñar con horizontes construidos de manera comunitaria y
participativa con su población, donde la cultura se convierta en una palanca necesaria para
activar procesos que mejoren el bienestar de las personas sobre la base de la defensa, la
protección y el fomento de sus derechos culturales. No queda otra si lo que queremos es luchar
por la equidad social y por la igualdad de oportunidades, se resida donde se resida.