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Profesionales de la Cultura en Aragón

La cultura cuesta, como todo y Cultura, cultura y más cultura.

Por su interés en el momento en el que estamos, recogemos dos artículos publicados en  El Periódico de Catalunya. El Primero  «La cultura cuesta, como todo»  del economista Oleguer Sarsanedas y el segundo de Joan Ollé,  «Cultura, cultura y más cultura», un hombre de teatro de toda la vida. Dos visiones complementarias de un mismo problema que incentivan el debate sobre el futuro de la Cultura en España.

La cultura cuesta, como todo

OLEGUER SARSANEDAS. Economista.

Pero la relación entre cultura y economía es más compleja: cultura implica creatividad y una sociedad culturalmente fuerte es una sociedad en la que la creatividad -aplicada a la cultura o no- tiene las condiciones necesarias para florecer y dar frutos. Dicho lisa y llanamente: la cultura es creatividad y la creatividad es el motor de la economía. Especialmente en momentos como estos. ¿Cómo lo haremos, si no, para salir de esta?

Claro que nos agobian con las prisas y casi no nos dejan pensar: hay que cumplir y hacer los deberes y que cuadren los números. Y nuestros líderes, que han ido a escuelas de pago y han sido siempre unos alumnos aplicados (es decir, educados en la obediencia), se aplican a hacer lo que les pide la señorita. Pero recortar para hacer cuadrar los números es fácil (con perdón). Lo difícil es reflexionar sobre qué alternativas podríamos plantear, qué deberíamos hacer y cómo hacerlo con los recursos que tenemos. Porque recortar según cómo y según qué (sanidad o educación, por ejemplo) es como dispararnos al pie.

Ahora bien: dicho esto, es evidente, como señalaba ayer Lluís Pasqual en este diario, que si se cierran quirófanos bien pueden cerrarse teatros. Es más: quizá hay que pensar en cerrar teatros antes que quirófanos. Y quien dice quirófanos dice aulas. Esto lo entiende todo el mundo, incluida, claro, la gente de teatro, que, como recordaba Pasqual, es solidaria por tradición.

La cultura, sin embargo, está hecha de tejidos delicados que hay que tratar con cuidado. La cultura, especialmente en nuestro país, es quebradiza y, cuando se rompe, suelen pasar cosas que no nos gustan. Recordemos aquella famosa máxima: donde hay cultura, hay paz, y donde hay paz, hay cultura. La cultura es la base de eso que llamamos intangibles, y los intangibles son no solo lo que nos hace ser de cierta manera, sino que son nuestra ventaja competitiva en el mundo. Nuestra primera industria, el sector turístico, eso lo tiene claro. Como lo tiene claro también, sin duda, el conseller de Cultura, que me consta que reflexiona desde hace tiempo sobre la relación, a la vez delicada y estratégica, entre economía y cultura.

Ahora bien: en un ejercicio elemental de tener los pies en el suelo, convendremos que estamos viviendo una crisis sistémica gravísima y que, más allá de los coletazos que recibimos de fuera, la estructura de nuestra economía nos lo pone muy crudo. Nos toca afrontar unos años duros, a la espera de que las diversas confesiones económicas se pongan de acuerdo en la terapia. Esto no quiere decir que tengamos que hacer ver que no pensamos lo que pensamos, o que dejemos de hacer preguntas impertinentes (como por qué no recortamos Interior, por ejemplo), o que nos planteemos seriamente (ahora sí) algunas de las cosas que hacemos y, sobre todo, cómo las hacemos (por decir una: cómo tener unos medios públicos competitivos con unas estructuras mucho más ligeras).

Mientras tanto, a aguantar el chaparrón. Toca lo que decía Lluís Pasqual: solidaridad. Qué remedio.

Información publicada en la página 54 de la sección de Espectáculos de la edición impresa del día 26 de enero de 2012  en  El Periódico de Catalunya

Cultura, cultura y más cultura

JOAN OLLÉ

Todo empezó hace unos 25 siglos en una ladera de la colina de la Acrópolis: sonó una flauta, alguien pronunció unas palabras que otros escucharon en silencio y nació el teatro, el teatro como libro de estilo de la recién inaugurada democracia ateniense, que consistía básicamente en ir dejando atrás la selvática ley del talión para que los más sabios, la aristocracia, el gobierno de los mejores (¿les suena?) dictase sentencia sobre los hechos acaecidos. Queda dicho: la democracia y el teatro nacieron juntos. Y el poder recién instituido pedía a sus mejores poetas (o más próximos a sus intereses) que explicasen a los recién inventados espectadores que no es bueno matar al padre, copular con la madre ni desobedecer las leyes de la ciudad aunque quien mande sea tu tío y se llame Teseo.

Y del siglo menos cinco, como en un salto mágico, nos trasladamos al final de la segunda guerra mundial, recién terminada la gran carnicería, el homo homini lupus y el retorno a la selva. Y esta vez no fueron los poderosos, sino los poetas quienes pensaron en el teatro como antídoto de la barbarie: Jean Vilar, desde París o Aviñón, pronunció la gran frase: «El teatro debe ser un servicio público como el agua, el gas o la electricidad». Y el teatro, la educación, la sanidad, la televisión, la radio… fueron pasando, para bien o para mal, a ser servicios públicos. Es imprescindible que existan medios de comunicación que dependan de la aritmética parlamentaria, porque de lo contrario estarían únicamente a merced de intereses privados que, como se viene demostrando, no dudan en ofrecer carnaza a las fieras con tal de aumentar sus cifras de audiencia, sus cuentas corrientes.

Están ocurriendo cosas alarmantes en nuestro panorama cultural: mientras el Teatre Lliure (que acaba de estrenar una obra de Peter Hand-ke, autor que raramente se plantearía la iniciativa privada) pide socorro y desprograma tres obras de su temporada, el TNC reprograma un culebrón escénico altamente comercial que podría ser perfectamente asumido por un empresario con buen gusto y ganas de hacer dinero. Por otra parte, el liderazgo de audiencia de nuestra radio nacional se ve seriamente amenazado por una emisora privada (¿tal vez porque sus productos se asemejan demasiado?) y TV-3 amenaza con dejarnos sin Barça, actualmente primera necesidad alimenticia del país.

¿Dónde estamos? ¿Quizá en un desconcierto? ¿Quizá aprendiendo unas nuevas reglas de juego? ¿Quizá en una selva 2.0 con el ojo por ojo y diente por diente ya institucionalizado? ¿Quizá ante una nueva justicia (y no hablo únicamente de togas y tribunales, sino también de la social, de la artística…) que no para de dar pruebas de su arbitrariedad e ineficacia, por decirlo suavemente?

Y ante tamaños males, los remedios solo pueden ser tres: cultura, cultura y más cultura. Es la mejor inversión, porque crea criterio. Y esa palabra se aprende en la escuela, en casa, en la calle, en los libros, en las teles y las radios… siempre que alguien con autoridad se ocupe de que sus contenidos sean altos. De lo contrario, que mande el mercado y todo eso que nos ahorramos.

Información publicada en la página 6 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 28 de enero de 2012  en El Periódico de Catalunya

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