Reflexiones compartidas en el VIII Foro Cultura y Ruralidades

En el pasado Foro de Cultura y Ruralidades, organizado por el Ministerio de Cultura y celebrado los días 10, 11 y 12 de junio en Estella-Lizarra (Navarra), tuvimos la oportunidad de debatir con nuestros colegas de Navarra, Extremadura y Andalucía en torno a “Generación de alianzas para afianzar la acción cultural en el medio rural”.

Moderado por David Márquez (Radar Cultura) tuvimos el placer de conversar con Ángel García Carreño (presidente de KUNA Gestión Cultural Navarra), Carmen Hernán Trenad (presidenta de AGCEX. Asociación de gestoras y gestores culturales de Extremadura) y Gerardo Martín Rodríguez (Miembro de la mesa de asesoramiento permanente de GECA, Asociación Andaluza de Profesionales de la Gestión Cultural).

Se nos pidió en una primera intervención que hablásemos acerca de las claves que desde nuestro punto de vista debe tener un proyecto para que sea “exitoso” en el medio rural, haciendo hincapié en las complicidades entre distintos agentes culturales y sociales.

A continuación, os transcribimos lo que compartimos después de haber hecho un ejercicio de reflexión dentro de la junta con respecto a este tema.

Desde PROCURA, hemos preferido pensar en varios proyectos que se están desarrollando en Aragón con el fin de sacar de ellos lo que pensamos que pueden ser las claves que nos permiten entender su buen hacer y es por eso que proponemos un listado con los que pensamos podrían ser los criterios que se deberían tener en cuenta a la hora de plantear cualquier acción cultural en el territorio rural. No queremos hacer un decálogo al uso ni que sea visto como una tabla de mandamientos (no somos quiénes para decir lo que hay que hacer) pero sí nos parecía oportuno subrayar diez variables que para nosotras son nucleares a partir de nuestra experiencia y conocimiento del territorio.

Los criterios no están ordenados por importancia y dado el tiempo que tenemos vamos a telegrafiarlos:

  1. Reconocimiento de la comunidad rural sobre la que recae el proyecto en el sentido de tratarla como lo que es en igualdad de condiciones y sin ninguna idea preconcebida o prejuiciosa. Considerar a las comunidades como ecosistemas relacionales que tienen sus propias dinámicas de operar.
  2. Conocimiento del contexto en el que vamos a plantear la acción. Entender lo rural como un todo y a sus habitantes como agentes activos en pro de su comunidad. Nadie hace solo una cosa, puedes ser ganadero y tocar en una banda, pero también pintar. En lo rural no hay personas estancos -en las ciudades tampoco-, pero la dimensión micro nos permite más subrayar este aspecto tan relevante para tenerlo siempre en cuenta.
  3. Participación de la comunidad en todas las fases del proyecto y sobre todo en lo que se refiere al desarrollo y al ejercicio de los derechos fundamentales como consumir, crear o producir o decidir.
  4. Transparencia y rendición de cuentas (si se trata de una administración pública, a más). Además, necesitamos generar relaciones de confianza basadas en la comunicación y en la complicidad.
  5. Respeto a las identidades locales y a sus diversidades en un tiempo además que creemos están en peligro debido a procesos gentrificadores, de turistificación o a discursos de odio.
  6. Aprender de la tradición y de las prácticas de la cultura comunitaria ejercitada en lo rural y que forma parte de sus hábitos sociales a la hora de plantear nuestra acción. Entender la naturalidad y la organicidad de los procesos comunitarios en lo rural. Y entender sus ritmos. En lo rural muchas veces conviene cocinar a fuego lento, desarrollar procesos a largo plazo.
  7. No hay sostenibilidad sin la generación de comunidad fuerte y una red vecinal implicada y que sienta como algo suyo la acción cultural que planteamos.
  8. La complicidad con los responsables políticos y la importancia del alcalde o la alcaldesa apegada al territorio. Figura fundamental que va a entender lo que estamos haciendo y es necesaria su implicación más allá de poder destinar recursos económicos, humanos o materiales.
  9. Las alianzas de todas las distintas comunidades en el ámbito rural a la hora de poner en marcha un proyecto. Un proyecto cultural necesita de todas las alianzas posibles. No se entiende ningún proyecto cultural sin la participación de los centros educativos, de las asociaciones de mujeres o de los centros de tiempo libre. Al igual que no se entiende un proyecto cultural en el medio rural sin tener en cuenta la necesidad de introducir el criterio de la intergeneracionalidad.
  10. Los agentes culturales que generen proyectos tienen que ser activistas y con sentido crítico porque el contexto en el que se opera tiene unas necesidades muy claras y está en notoria desigualdad con respecto a los territorios urbanos, sobre todo en el acceso de los servicios públicos y el de la cultura lo es.

En segundo lugar, el moderador nos planteó la posibilidad de compartir lo que para nosotras son los desafíos más significativos a los que la gestión cultural (y los profesionales de la cultura en general) se enfrentan a la hora de plantear la acción cultural en el medio rural.

Aragón es una comunidad con muchos desequilibrios sociales, económicos y culturales. Además, de norte a sur encontramos una gran diversidad territorial que condiciona y explica la vida de las personas que viven en los núcleos rurales. Es un territorio grande, donde hay despoblación, pero también concentración de la población en la capital, y envejecimiento, mucho envejecimiento. Estas características exigen criterios de discriminación positiva aún más radicales en las políticas públicas si se pretende garantizar los derechos culturales de las personas que pueblan el medio rural.

Aun así, y conociendo el territorio rural y sus dinámicas, tenemos nuestro “top tres” de desafíos a los que los agentes culturales o sociales, los profesionales de la cultura e incluso las distintas capas de la administración que operan en el territorio rural deberían por lo menos tener identificados con el fin de plantear los proyectos o las políticas culturales con al menos cierto sentido común y con la finalidad de poner a las personas que habitan lo rural en el centro de sus preocupaciones.

A continuación, planteamos los desafíos con unas preguntas abiertas en cada uno de ellos que nos tocará plantearnos cuando vayamos a operar en el territorio:

  1. Garantizar la supervivencia de las prácticas comunitarias y defender la gestión de los bienes comunes, que hoy en día creemos que está en un proceso de clara desposesión y que no son residuales, sino que las encontramos en todas las partes del planeta. Estos bienes son de toda la comunidad y solo desde la gestión colectiva tienen razón de ser. Además, su acceso es total por parte de los miembros de la comunidad. Y eso es tanto como decir que el derecho al acceso a un bien común está garantizado. Además, la autogestión o la gestión compartida de los bienes comunes genera un sistema relacional que debemos conocer porque se convierte en modelos alternativos a los tradicionales, tan pervertidos hoy en día, por otra parte. Lo mercantil y lo político ya se sabe que tienden a colonizar lo comunitario con riesgos evidentes para las vecinas del ámbito rural. Así que la duda que se plantea es si podemos gestionar también los proyectos culturales de esta manera (considerando a la cultura como un bien común también) o bien si tenemos que trabajar en la dirección de integrar a la cultura en esos procesos que ya poseen las comunidades y ya que están desarrollando.
  2. Reclamar unas políticas públicas que apuesten por revertir las desigualdades existentes en materia de acceso a los derechos en general y en cuanto a los derechos culturales en particular. Necesitamos tener políticas justas, que se manchen las botas, que escuchen necesidades e inquietudes, y que sobre todo sepan dónde están, el lugar que ocupan y la responsabilidad que tienen para con la gente y el territorio. Y quizá el mayor desafío en este marco es la necesidad de crear espacios donde las personas tengan voz para poder tomar decisiones desde y para las ruralidades. ¿Dónde queda la participación de las personas? ¿Dónde queda su voz? ¿Podemos articular políticas públicas sin tener esos espacios o esos mecanismos de escucha, de conflicto y de interacción con las personas?
  3. Pensar en el (des)equilibrio entre las prácticas de cultura comunitaria que creemos que hay que defender y salvaguardar, y las programaciones culturales al uso venidas desde arriba, con un lazo, sin consultar y con la casi arrogancia de presuponer lo que tenemos que ver, escuchar o disfrutar. ¿Cómo tejemos complicidades entre estas dos dimensiones? Y, por lo tanto, ¿cómo mezclamos el paradigma clásico de la programación cultural empaquetada con lazo y las prácticas culturales nacidas en lo rural por parte de sus habitantes? ¿Proveer de servicios o productos culturales afecta a la activación de prácticas comunitarias existentes o al nacimiento de otras?

Y para terminar nuestra participación, nos plantearon un último bloque a modo de conclusiones muy cortas en el que subrayar ciertos aspectos que a nuestro juicio nos parece importante no perder de vista y sobre los que debemos reflexionar.

  1. Aprender de los que saben desde hace mucho tiempo trabajar para y con la comunidad en búsqueda de un beneficio común. La acción cultural puede ayudar a activar procesos que sigan esas líneas y que a su vez garanticen su supervivencia y su sostenibilidad siempre y cuando haya un ejercicio de escucha activo, de reconocimiento y de apoyo real desde lo político.
  2. Intentar trabajar sobre la base del relato que nos da la existencia de sujetos activos en sus comunidades con el fin de activar palancas que nos permitan imaginar un futuro mejor o por lo menos garantizar a los que vendrán una herencia mejor de la que tuvimos, sobre la base de lo que somos y lo que fuimos.
  3. Una derivada de este punto es la posibilidad de agitar conciencias, de construir relatos y de provocar movilización en la defensa de nuestros entornos inmediatos. La acción cultural o la cultura nos van a generar esas complicidades y por lo tanto nos van a permitir tener más capacidad de reacción ante agentes externos que están dañando el medio ambiente (políticas energéticas) y la calidad de vida (turistificación). Nos gusta pensar que los procesos comunitarios vinculados a la cultura son también escuelas de democracia que permiten una mayor conciencia en la defensa de nuestros derechos fundamentales frente a amenazas externas o discursos antidemocráticos. Por lo tanto, estamos convencidas de que estas prácticas seguramente se puedan convertir en alternativas para un futuro amenazado y puedan dar respuestas a los desafíos que nos pueden plantear ciertas crisis a nivel social y ambiental. A crisis colectivas necesitamos respuestas colectivas.
  4. Intentar hacer más digna la vida de las personas con nuestros proyectos culturales o con nuestra acción cultural, y fomentar el bienestar y la felicidad de las personas, en un contexto en el que quizá haya que plantearse más cosas como la redistribución de la riqueza o una fiscalidad más justa, o la necesidad de garantizar el acceso a la vivienda o a una renta mínima universal que nos permita poder dedicar más tiempo y más fuerzas a los procesos culturales que queremos plantear, tanto como usuarias como promotoras. Nos tememos que, sin estas variables, las desigualdades para el acceso de derechos fundamentales no tienen visos de poder llegar a solucionarse. ¿Sin vivienda puede haber cultura? ¿Sin el derecho a su acceso se pueden fomentar los derechos culturales de las personas?